APRENDER A PERDER. ENSEÑAR A GANAR

Por fin, nos encontramos al volver del verano en este ventisquero de la fe, en este lugar de caminantes que es nuestra parroquia Santa María la Blanca de Montecarmelo en Madrid.

He de reconocer que aunque ando por muchos lugares siempre os echo de menos: yo sin vosotros no soy nada. Vosotros, la comunidad de fe de esta parroquia, sois los que me devolvéis a Dios como si lo demás fuera practicar un deporte de riesgo con un arnés de goma que me devuelve siempre a vuestra tierra firme aunque me lance en el vacio.

Quizá durante el verano, las vacaciones, hayamos estado perdidos los unos de los otros. Si es así hay que retomar el camino del encuentro con humildad. Siempre soy un camino nuevo y el pasado sólo sirve para arrepentirse.

Vemos una vez más que Jesús es un provocador incansable. En este evangelio viene con sus discípulos de pasarlo bien en Galilea, tierra fertil y de amigos. Los discípulos estaban felices. Le habían visto triunfar hasta hacer milagros, ser capaz de satisfacer el hambre y dejar sentir cerca el cariño de la gente. Es el más puro populismo hoy de moda. Les había enseñado a ganar y a vivir mejor.

Quién no quiere vivir mejor, ganar amigos, ganar más dinero... Pero ahora ÉL anuncia que viene lo malo: que van a perder. A nadie le gusta ser un perdedor. Es más fácil enseñar a ganar que aprender a perder.

Negarse a sí mismo, coger la cruz no es barato. Estamos rodeados en nuestro mundo de gente que quiere cargar la cruz a los demás. Eludir la cruz es lo habitual. Vivimos llenos de aptitudes pusilánimes que no quieren afrontar el riesgo de defender la verdad, tutelar la justicia. Nadie quiere comprometerse en los partidos ni en la Iglesia. Éste dejar hacer a ver que pasa está corrompiendo nuestra sociedad. Si escuchamos estamos llenos de predicadores huecos que no asumen responsabilidades.

Renunciar a trabajar en equipo, a compartir, aferrados al poder está de moda. Pero divididos, fragmentados no es el evangelio de Jesús ni nada recomendable para nuestro futuro.

Nuestra parroquia tiene que replantearse un CAMINO NUEVO. Esta comunidad de fe necesita tomar conciencia de responsabilidades comunes. Los sacerdotes no somos párrocos o vicarios o sacristanes, somos, sobre todo, sacerdotes y tenemos que estar a vuestro servicio. Cualquier dejación daña a nuestra feligresía. Los laicos comprometidos, los catequistas, los voluntarios, las religiosas y todos los creyentes debemos de tomar la cruz para que cuantos vengan buscando el camino de Jesús nos encuentren sin regateos, sin fisuras, sin escondernos entre los pusilánimes y sin buscar sólo el gozo de Galilea, la fama, los milagros, el poder y el dinero.


Luis Armas -
Emprendedor, Autor y Conferencista
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